Amanda nunca había sentido tanto dolor como el de aquel tres de setiembre. Nunca. ¿Cómo podía ser tan doloroso dar vida? Quizás algo andaba mal... No podía doler tanto parir. 

Tener un bebé a los seis meses y medio era prematuro, y Amanda bien lo sabía, pero la noche previa, su cuerpo había reaccionado y ahora ella estaba en la cama de un hospital, sujetando con todas sus fuerzas la mano callosa de su marido, pujando para que su primer hijo viera la luz del mundo.

-¡Un poco más, un poco más! -decía la obstetra.

Amanda sentía que explotaría. Las paredes a su alrededor desaparecieron y se vio a sí misma en una habitación infinitamente negra, sola, y recostada con las piernas abiertas sobre las sábanas blancas de la camilla.

Jaime, su esposo, le daba fuerzas sujetando con firmeza su mano sudorosa, acariciándole el cabello. "Todo valdrá la pena", pensaba él. "Tantos años intentándolo y todo esto valdrá la pena, mi vida, ya lo verás".

Los labios de Jaime no dibujaban las palabras, pero su corazón, con cada latido, acompañaba al de Amanda, intentando ponerse a la par. Se imaginó meciendo a su hijo bajo la sombra de un árbol en el parque cercano a su casa.

Se imaginó también a su hijo, su primogénito, dejando todo en desorden a su paso, correteando

por la casa con un grito nervioso cuando él lo persiguiera cariñosamente para que ordenara sus cosas.

Recordó también a Amanda con su hermosa barriga y su ropa de embarazada, mientras a él se le enrojecían los ojos de la pura emoción, sabiendo que, por fin, sus añoranzas se cumplirían en muy poco tiempo. "Vamos, Amanda. Este dolor no será en vano. Seremos felices".

Amanda daba la vida por cumplir cabalmente lo que le solicitaba la obstetra:

-¡Puja, Amanda, puja!

Pero ella solo devolvía gritos desgarradores. Sin embargo con cada grito ella imaginaba a su bebé, tiernamente echado el pecho de Jaime, descansando plácidamente en la cama de su casa. Imaginó a su esposo dándole de comer al bebé con una gran sonrisa, mientras éste se rehusaba escupiendo el contenido de la cucharita.

Definitivamente todo ese dolor sería recompensado.

Tras unos breves minutos de incesante agonía, el dolor menguó. El bebé salió y no se escuchó ningún llanto. La cara de la partera se tornó gris. Sus asistentes la miraron.

Jaime liberó la mano de Amanda y ella comenzó a respirar más tranquila y calmada. Desde su posición preguntó por su hijo. Intentó asomarse hacia adelante con una sonrisa doliente y nerviosa.

-¿Puedo verlo?

La obstetra tragó saliva. Jaime quiso acercarse pero sintió que no era correcto romper las reglas impuestas para permanecer allí.

-Era muy prematuro -dijo la doctora.

Amanda miró a Jaime con una expresión de horror.

-¿Pero qué está diciendo? -preguntó Jaime, indignado.

-Pues lo que le digo, señor. Que era muy prematuro. No sobrevivirá.

Jaime sintió que le estrujaban el corazón. Amanda solo enterró su rostro en sus manos, cobijada por sus largos cabellos castaños.

Sin bañarlo siquiera, como esperando el aciago final, uno de los asistentes cubrió al bebé enfermo sobre una manta y lo acercó a los padres, en lo que pareció ser un acto cruel.

Vieron a su hijo, el que habían buscado durante veinte años de matrimonio. Aquél que, negado, un día había decidido aparecer como un milagro para iluminar sus vidas. Y allí estaba, esperando partir tan pronto como había llegado.

Lo vieron, arrugadito, con la piel azulina y respirando con dificultad. Amanda acercó el rostro de su bebé al suyo y lo empapó con sus lágrimas. Jaime hizo lo mismo con los cabellos de ella.

Según la doctora, era cuestión de horas. El bebé no sobreviviría ni siquiera en una incubadora.

Desesperanzados, acariciaron a su hijo todo lo que pudieron, lo llenaron de besos y mimos. Era penoso verlo en ese estado de sufrimiento, pero nada podían hacer sino esperar su muerte.

Al rato volvió la doctora y dijo con gravedad:

-¿Desean que me lo lleve?

Ambos movieron la cabeza negativamente.

Cuando cayó la noche, Jaime debió salir de la habitación y se fue a dormir en una silla del pasillo, no sin antes estamparle un beso lleno de amor y dolor a la tibia frente de su hijo.

Amanda, por su parte, atinó a mirarlo, a observarlo con detalle para no olvidar nunca sus ojitos cerrados, su naricita, sus manitos... Lo pegó a su pecho, y le cantó y acarició hasta caer dormida por el llanto.

Amaneció y esperó tener a su hijo muerto entre sus brazos, pero esto no había ocurrido. Sorprendida y feliz notó que su hijo todavía respiraba. Lo descubrió con premura, pero lo vio igual que la noche previa: azulino y respirando con muchísima dificultad, aferrándose a la vida.

-¡Doctora, doctora! -vociferó Amanda.

La doctora se apareció.

-¿Qué ha pasado? -preguntó la obstetra, preocupada.

-¡Mi hijo está vivo! ¡Usted dijo que no viviría!

La doctora se puso pálida como las sábanas de Amanda.

-Es que no entiendo, yo sé de esto... Es un bebé prematuro y...

-¡No me importa! ¡Sálvele la vida!

La obstetra se acercó a la cama. En ese momento apareció Jaime y se puso al corriente de todo. Vio a Amanda entregando a su hijo.

Cuando la doctora se marchó, la pareja de esposos se abrazó efusivamente. Sintieron a la esperanza respirarles en la cara.

Pasaron las horas y la esperanza comenzó a convertirse en angustia. Finalmente la doctora apareció.

-A pesar de estar en la incubadora no parece mejorar.... -dijo la obstetra fríamente. Amanda y

Jaime sintieron un vértigo-. Lo dejaremos allí y veremos su avance.

Y así pasaron cuatro días.

La doctora pidió a Jaime que fuera a ver a su hijo y así fue. De entre cuatro o cinco incubadoras, Jaime vio a su hijo, con la piel azulina y respirando con dificultad. Apartó la mirada y sintió la boca amarga. Entendió que el niño no sobreviviría.

Buscó a la doctora y pidió que llevaran al bebé al cuarto de Amanda quien, entusiasmada, esperaba buenas noticias. Sin embargo lo que recibió en su cuarto fue la apesadumbrada presencia de su esposo con su pequeño hijo en brazos.

La angustia la impulsó a llorar, y en ese llanto, deseó también morir junto a su pequeño unidos en un abrazo infinito.

Lo colocaron a su lado. Allí debían esperar su muerte. Pero pasaron tres días más y no murió.

Si el bebé no moría por su nacimiento prematuro, lo haría de inanición; no obstante, casi una semana había pasado desde su nacimiento sin recibir alimento y permanecía allí, al lado de su madre, respirando con dolor, aferrándose a la vida.

Sus padres no sabían qué hacer... ¿Qué castigo estaban pagando? ¿Por qué tener que soportar el dolor de un hijo muerto en vida, que no lloraba, que no se alimentaba, que no reaccionaba ante ningún estímulo?

Amanda estaba inconsolable. Jaime no volvió a su trabajo, tenía que estar con ella hasta remediar la situación. Pero no había remedio. Solo esperar a que el niño se fuera.

El bebé sufría. No podía respirar con normalidad. Era un terrible sufrimiento tener que soportar lo que soportaba, esa agonía. Esa agonía que parecía voluntaria y consciente.

El octavo día en la madrugada, con el niño jadeando entre sus brazos y Jaime durmiendo en una silla a su lado, Amanda despertó sobresaltada y asustada. Despertó a Jaime con el ruido.

Había tenido un sueño en que le habían dado un mensaje. Un mensaje que no quiso contarle a nadie, ni siquiera a su esposo.

Amanda finalmente supo qué hacer. Tomó a su niño y lo colocó en su regazo así como estaba, cubierto con una colchita y, con los ojos anegados de lágrimas dijo:

-Te puedes ir, mi amor.

El niño jadeó un poco más, emitió un ruidito extraño y expiró.

Jaime nunca supo qué soñó Amanda, sólo entendió que su hijo esperó escuchar la venia de la propia voz de su madre para poder partir en paz.